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Nociones de Masoneria

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Nociones de Masoneria

Mensaje por Admin el Jue Nov 25, 2010 12:36 am

Jurar con sangre es jurar por Dios. Adam es el hombre.

Significa "Dios en la Sangre". Viene del prefijo "A" (la letra Aleph que representa a Dios) y "Dam" que significa sangre.

Hay curiosas analogías que involucran al número 12. Este número siempre nos recuerda que en el hombre, Dios se "reviste de materia" La vida del glóbulo rojo es de 120 días. En el Génesis Dios le dice a Noé que la vida del hombre (Adam) es de 120 años.

El hombre es el único animal divino, pues está erguido, vertical, sobre sus 12 vértebras dorsales.

El día humano es de 2 veces 12.

El mandil del primer grado multiplica el 3 x 4, la perfección del espíritu debe dominar la materia, es decir el carácter del hombre físico.




LA ESPADA

La espada del santo es un elemento de hierro, el hierro es símbolo de severidad, de lucha, el catabólico, lo que quiere decir que equivale a la fuerza con que la Naturaleza barre lo que no evoluciona para que en el sinfín del tiempo la vida se mejore a sí misma. El hierro es signo de permanencia. En la Log.: hay 4 elementos férreos: La espada, la cadena , las puntas del compás y el cincel... materia que nos invita a la exploración del profundo mensaje que encierran estos elementos.

Pero en esta plancha sólo destacaré la relación de la espada con el Poder depurador de Dios, ya que Su Nombre, el Santo Tetragrama está inscrito en la espada de doble filo. El pomo, o la cabeza es IOD, la hoja es VAUH, y los dos filos o los dos lados simétricos de la cruz son las letras HÉ del Nombre.


“In principio erat Verbum
et Verbum erat apud Deum
et Deus erat Verbum
hoc erat in principio apud Deum
omnia per ipsum facta sunt
et sine ipso factum est nihil quod factum est
in ipso vita erat et vita erat lux hominum
et lux in tenebris lucet et tenebræ eam non conprehenderunt”
(San Juan 1, 1-5)


(“En el principio era el Verbo
y el Verbo era con Dios y Dios era el Verbo
él estaba en el principio con Dios
todo se hizo por él y sin él no se hizo nada de cuanto existe
en él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres
y la luz brilla en las tinieblas
y las tinieblas no prevalecen sobre ella”)




San Juan nos muestra en estos versículos de su Evangelio la dualidad básica de las oposiciones humanas: la luz y las tinieblas. Por sobre esta tensión entre ambas polaridades se encuentra el “Verbo”, la palabra en movimiento que se identifica con la fuerza creadora la divinidad la cual hace posible la irradiación de la “luz” que vivifica al ser humano.

En correspondencia analógica con lo anteriormente expresado, se hace necesario situar la presencia del ser humano en un espacio vitalizador en particular: la Logia.
El Templo Masónico, al igual que el de Salomón, cristaliza el Arquetipo de la análoga estructura cósmica, resultado de las correspondencias y leyes que gobiernan la realidad universal.

Por lo tanto, en la Logia nada está situado al azar o de modo meramente ornamental, sino que muy por el contrario, cada símbolo manifiesto y cada gesto ritualístico representan una nota más en la Armonía del Mundo.

Por ello, las dimensiones de la Logia son las del Universo, como nos recuerda el Manual de Instrucción del Grado:

P. — Cuál es la forma de la Logia?
R. — Un paralelepípedo rectangular.
P. — Cuáles son sus dimensiones?
R.— En el largo, de Oriente a Occidente; en el ancho de Sur a Norte; y en el alto de Zenith a Nadir.
P. — Qué quieren decir estas dimensiones?
R.— Que la Logia, es la imagen del Cosmos; y que la Francmasonería es Universal.

Estas direcciones surgen de la irradiación del punto central de la Logia que es el Ara, creando un sistema de coordenadas que conforman la cruz de tres dimensiones, de donde la geometría implícita se refiere a la espiritualidad tal como ya la anunciaba Pitágoras. Dichas direccionalidades también se consideran, en el plano cosmológico y psicológico, como símbolo de las diversas cualidades y tendencias incluidas en la naturaleza de los seres y del Universo mismo.

Estas tendencias serían de orden ascendente, descendente y cruzadas. Las primeras sugieren la aspiración del Iniciado por alcanzar la evolución vertical hacia la perfección del ser, en la búsqueda de lo uno y eterno, tal como hace Dante en la medida en que avanza por los círculos del Cielo, con distintos grados de iluminación. A su vez, la tendencia descendente indica la caída en la materialidad y en la naturaleza instintiva, la cual se halla desde el punto eje hacia el centro de la tierra, representada por el descenso a los infiernos, donde el poeta florentino se encuentra con un florilegio de las pasiones humanas, propias del mundo profano y de la piedra informe que llevamos a cuestas. A su vez, el cruce de los ejes del plano Oriental-Occidental, Septentrional-Meridional simboliza el plano de la manifestación y desarrollo de todas las posibilidades contenidas en el estado potencial de cualquier ser. Estas cuatro direcciones (centro-zenit; centro-nadir; oriente-occidente; norte-sur), enmarcan toda nuestra existencia terrestre y, por lo tanto, los trabajos de la Logia.

En conexión con esto, hallamos el pavimento mosaico, formado por la alternancia de cuadrados blancos y negros como los del tablero de ajedrez en una intersección de líneas verticales y horizontales que representan, nuevamente, las energías celestes y terrestres en constante interacción, dando paso a la correlación de fuerzas pasivas/femeninas - activas/masculinas que se hallan en todo ser vivo.

Es, a su vez, imagen de todas las dimensiones de la vida, sus claroscuros, en los que el Iniciado debe vislumbrar su propio laberinto y proceso interior, el cual es imposible de dilucidar caminando por una sola vía, sino que debe buscar el equilibrio en este juego de bipolarización de las energías, complementándolas en el eje que las atrae el ser-Iniciado, recipiendario de tales fuerzas y puente entre la luz y la oscuridad.
Por otra parte, Guénon nos recuerda que “en el sentido más inmediato, la yuxtaposición del blanco y del negro representa, naturalmente, la luz y las tinieblas, el día y la noche, y, por consiguiente, todos los pares de opuestos o de complementarios (apenas es menester recordar que lo que es oposición en cierto nivel se hace complementarismo en otro, de modo que el mismo simbolismo es igualmente aplicable a uno y otro”, pero también que no se trata de una mera “dualidad maniqueísta”, como muchas veces se ha querido ver.

Muy por el contrario, encontramos aquí, dentro del orden metafísico, el simbolismo de lo manifestado y de lo in manifestado.

Ya volveremos más adelante sobre ello, al relacionarlo directamente con el mosaico.

“El pavimento mosaico es un hermoso emblema de la
Multiplicidad engendrada por la dualidad, constituida
por los pares de opuestos que se encuentran
constantemente el uno cerca del otro...”.
(Lavagnini, Manual del Aprendiz, p.126).

Sin lugar a dudas, uno de los símbolos más importantes para quien ingresa en la Orden lo constituye el Templo Masónico o Logia. Este recinto es un espacio sagrado, donde se trabaja A L:.G:.D:.G:.A:.D:.U:., y establece la separación existente entre el mundo profano y el Taller.

Más que un icono material se trata de un concepto espiritual que representa el templo interior, el cual crea un espacio íntimo y atemporal. Sin embargo, la simbólica del recinto no es menor en la construcción de esta obra espiritual y nos recuerda, según la tradición, al Templo de Salomón, consagrado al servicio de Dios en Jerusalén.

Recordando las palabras de los Siete Maestros Masones , podemos decir que La caverna-templo Masónico es la matriz, el athanor hermético donde se renace a la vida espiritual. Este renacimiento está tan solo mediatizado por la correcta e inteligente utilización de los instrumentos de geometría y de construcción que se encuentran en su interior. Estos instrumentos son símbolos, útiles apropiados para edificar nuestro propio Templo interior, y que como tales son portadores de un mensaje salvífico que nos regenera en tanto seamos capaces de descifrar su significado espiritual.

De esta manera, las tradiciones de los Gremios de constructores basaban su modelo arquitectónico en la representación de la creación del mundo. Por ello, todos los templos y recintos sagrados, en general, se construían sobre la base de la observación del macro y microcosmos a manera de prototipo. De ahí que la Tierra se represente por la planta del edificio, determinada por la cruz de los ejes cardinales, en cuyos ángulos intermedios se emplazaban las cuatro basas, piedras de fundación o landmarks.

En el caso del pavimento mosaico, éste se halla situado a continuación de las columnas B y J, en el centro del Templo, como prolongación de la tensión formada por los pares de opuestos simbolizados por dichas columnas. De ahí que la primera manifestación que nos ofrece el mosaico sea la combinación binaria o dual. Tendencia creadora y generativa, ya que el ser humano pierde su visión del Todo infinito y uno, a la vez, necesitando acotar y poner límites a ese concepto abstracto e incomprendido. Por ello, todo lo observable y aprehensible lo es en virtud de su diferenciación con otros. En tal sentido, el mismo ser humano se establece como entidad dualística: desde su propia interioridad y en relación con otros. Esta combinación es, por tanto, su base del conocimiento y el motor que le permite desarrollar su actividad, ya que es el principio de interacción el que le permite reflexionar en torno de lo que sucede fuera de su propia interioridad.

En todo caso, no debemos dejar de lado que el mosaico es también una combinación de líneas paralelas, esto es, si la unidad se puede representar por un punto, el movimiento generado por esta dualidad —o punto en movimiento— es posible de representar por una línea recta, o mejor, por dos rectas, en virtud de la acotación que se ha señalado previamente. Estas paralelas también representan los diversos caminos o viajes de ida y regreso que se efectúan dentro de la Logia. Asimismo, pueden referirse también, a las tendencias o corrientes a que se hizo alusión en la Introducción de esta plancha. Y es que todas las fuerzas del Universo se van desplegando en esta medida, de forma paralela, pero en sentido inverso de una respecto de la otra. De ahí obtenemos fuerzas centrífugas (fuerza de extensión desde el interior hacia el exterior), y fuerzas centrípetas (movimiento de construcción desde el exterior hacia el interior). De esta forma, se generan los valores activos y pasivos, en polaridades varibles, ya que “lo que es activo interiormente es pasivo exteriormente, y viceversa” (Lavagnini) , valor manifiesto en el par de columnas que decoran el Templo y que preceden al pavimento mosaico.

Pero este mosaico no sólo es una prolongación dinámica de la unidad, desde el punto de vista morfológico, sino que también, como ya lo señalamos, se manifiesta a través de los contrastes o variaciones lumínicas esenciales: el blanco y el negro.

Sobra señalar el valor común que la tradición, sobre todo cristiana, ha hecho recaer sobre estos símbolos pictóricos. Baste recordar que el blanco es asociado con la luz y la pureza, así como con la divinidad y lo “diestro” y, el negro, por el contrario, con la oscuridad, el miedo, la no-existencia, extrapolándolo hacia el mal y lo “siniestro”.
Sin embargo, otras tradiciones Iniciáticas y esotéricas nos entregan una aproximación diferente en relación con dichos valores simbólicos.

Para los templarios, quienes recogieron diversas vertientes Iniciáticas de Oriente y Occidente, esta dualidad se manifestaba claramente en aquél gonfalón o pendón de dos bandas característico de la Orden del Temple: el Beaucéant. En conjunción con la paté o cruz templaría, señalaban el camino de la realización superior a la cual se refieren los alquimistas (nigredo, albedo y rubedo). El estandarte templario no sólo alentaba el combate durante el enfrentamiento que mantenía al caballero en permanente tensión de vigilia, aún en los momentos de descanso, como imagen de un “simbolismo exterior”, sino que también era la divisa de la ‘batalla interna’, cuya finalidad sobrepasaba con mucho lo volátil de la conquista terrena y aspiraba a la conquista eterna del alma. No por casualidad se han elegido estos símbolos: recordemos que el carbono, esencia de nuestra naturaleza orgánica, es negro. Es la materia prima con la cual trabajamos en el interior de nuestro athanor, en ese claustro íntimo en el cual mediante sucesivas purificaciones, no exentas de esfuerzo y sacrificio, y en virtud de una sigilosa y constante transformación, la Naturaleza nos entrega a la luz aquél carbono cristalizado o piedra preciosa que conocemos como diamante. Esta es la divisa templaria: nacer de nuevo, recorrer el fango, atravesarlo y levantarse de él hacia la pureza, para concluir en la fuente del origen donde nos conduce la muerte interior y el sacrificio.

En dicho sentido, deseo recalcar que el color negro de este mosaico de la vida no es signo de perversión, sino que nos muestra el primer signo alquímico del camino de perfección: la putrefacción de la materia de la semilla que debe morir para convertirse en grano de trigo fructífero, es, por tanto, símbolo de esperanza en una vida interior distinta, en armonía con otra naturaleza, una naturaleza nueva desde la cual emergen los principios vitales que estuvieron latentes por mucho tiempo y que ahora buscan el camino hacia su manifestación.

En esta conjunción de caminos, de símbolos y de energías transcurre la vida, con todos sus avatares que llegan a perturbar el alma.

Sólo para que en la mente quede una imagen, remito a Uds. a ese maestro español del claroscuro, “maño” por más indicios, Francisco de Goya y Lucientes, quien con mano magistral retrata los abismos interiores del alma de su sociedad hispana.


Las tinieblas representan siempre, en el simbolismo tradicional, el estado de las potencialidades no desarrolladas que constituyen el “caos”; y, correlativamente, la luz se pone en relación con el mundo manifestado, en el que estas potencialidades serán
Actualizadas, es decir, el “cosmos”.
(René Guénon, Apreciaciones sobre la Iniciación, p.277)

Al comenzar esta plancha lo hicimos con una cita en latín y luego señalamos su traducción al castellano. Creo que fue fácil darse cuenta cómo una cita tan conocida por nosotros —ya que corresponde a los versículos de San Juan que encabezan los trabajos de los AA— puede quedar velada al presentarse en un idioma que desconocemos. Y sin embargo estos versículos aluden a la irradiación de la luz y a su predominio sobre las tinieblas, es decir, al predominio del conocimiento por sobre la ignorancia, al acto sobre la potencia, a la evolución sobre la involución, entre otras posibilidades.

El mosaico es, creo, precisamente eso: el caminar por sobre las apariencias, tanto favorables como desfavorables, gustando de ambas, sin dejarse exaltar por unas o abatirse por otras, conservando un ánimo sereno y constante.

Dentro del macrocosmos que representa el Templo Masónico, como símbolo de la Gran Obra Universal, el pavimento mosaico nos lleva al microcosmos, a la tensión cotidiana de fuerzas a las cuales debe verse enfrentado el ser humano y que se extienden hacia el infinito, ya que unas operan en un sentido y las otras, en el contrario. Sin embargo, estas fuerzas se hallan irredargüiblemente contiguas, una al lado de la otra, interrelacionándose, lo que explica la posibilidad de conciliar dichas oposiciones, pasando por la inmutable ley universal del equilibrio. Si no, basta con observar el tamaño de los cuadros que conforman el pavimento mosaico: bastante inferiores al tamaño de un pie normal. No es casual, pero sí causal. Al caminar por sobre él, indefectiblemente, lo haremos situándonos en ambas cuadros a la vez, esto es, entre ambas fuerzas que están en dinámica permanente. Es por ello que los antiguos egipcios ya asignaban un valor especial a los misterios de Isis.

En el Manual de Instrucción del Grado, se hace referencia a la cualidad interior de estas dualidades, manifestadas en la naturaleza del ser humano, cuando se dice:

P.— ¿Qué os ha revelado el número Dos?
R.— Que la inteligencia humana asigna artificialmente límites a lo que es Uno, y sin límites. La Unidad se encuentra así encerrada entre dos extremos que son simples abstracciones a las que las palabras prestan una apariencia de realidad.

De allí que, tal como señalara Platón, sólo somos capaces de “ver” reflejos de aquellas ideas arquetípicas proyectados indirectamente sobre el fondo de una caverna, a los cuales asignamos la condición de realidad, ya que la verdad esencial nos cegaría la vista con su exacerbado brillo.

En todo caso, esto no dista mucho del camino que ha de seguir el Iniciado y A:.M:. Cuando éste recibe la luz Masónica, al haber estado durante mucho tiempo en las tinieblas, se produce un instante de enceguecimiento. Para que esta situación no se vuelva constante, el A:.M:. Debe situarse al Norte, lugar que se encuentra mayormente en la penumbra, dado que aún no se cuenta con la instrucción Masónica elemental que le permita tolerar una luz mayor.

Con todo, el camino está trazado y escapa a la mera contrastación de oposiciones. Tampoco es casual que coronando el mosaico se encuentre el Ara, en el centro de la Logia, elevándose por sobre los pares de opuestos y que nos permite percibir la verdad trascendente oculta bajo estas aparentes contradicciones. Recordemos, también, que sobre el Ara se encuentran las luces y que en medio de ellas se halla el Libro Sagrado, que nos muestra la energía creadora y purificadora de la palabra en acción el Verbo, energía que completa la obra alquímica de transmutación interior.

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