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De la cena mística masónica *** Por J. M. RAGÓN

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De la cena mística masónica *** Por J. M. RAGÓN

Mensaje por Admin el Lun Abr 21, 2014 9:23 am




De la cena mística masónica J. M. RAGÓN



LA MISA Y SUS MISTERIOS CAPITULO XXVIII 

De la comunión bajo las dos especies – De la cena mística masónica – 
Unas justas palabras acerca de la nueva creencia y la Masonería. La 
Post-comunión, por 

decirse a continuación de la comunión del 
hierofante moderno, reitera la petición de vida eterna, la que se 
adquiere indubitablemente por el mérito de una vida pasajera e 
inmaculada. Una vez pronunciada esta oración, se administra a los 
fieles la comunión del pan angélico, panis angelicus, comunión que se 
confirió durante mucho tiempo bajo las dos especies. Todavía en el año 
1333 una mujer llamada Tomasa Babín llevó a la Iglesia de Villepot 
(Bretaña) la renta de una medida de vino, llamada jaille, para que se 
diera la comunión pascual de los fieles de la parroquia1. Roma dejó de 
entregar a los fieles la especie vino, pero los protestantes conservan 
la cena del pan y del vino, y la solemnizan del mismo modo que se 
practicaba en los ágapes primitivos. Los Rosacruces franceses y 
escoceses y el Gran Escocés del rito filosófico han conservado también 
el recuerdo de los ágapes primitivos. Lo malo es que admiten 
demasiados iniciados en la Masonería, demasiados hermanos llenos de 
bandas, que revisten de púrpura el sayal de su ignorancia, sin 
percatarse del ridículo con que empañan los cordones que se les 
otorgan. Lo propio ocurría en el siglo XIII, cuando muchos sacerdotes 
analfabetos recibieron las órdenes de abades mitrados y cruzados, 
quienes cuando le presentaban el libro de su regla, respondían que no 
entendían el latín. Guillermo le Maire, obispo de Angers, se vio 
precisado a insertar en los estatutos de su diócesis en el año 1293 
que no ordenaría a quien no entendiese lo que le diera para leer. Lo 
mismo ocurre hoy día con muchos iniciados en los misterios epópticos, 
es decir, en los secretos de la verdad: unos se ríen desdeñosamente, y 
otros se escandalizan de las ceremonias que señalan la transición de 
la ley antigua a la moderna. Pero si esas ceremonias eran verdaderos 
calabozos subterráneos o destierros honorables, para esta clase de 
gentes fanáticas y burlonas, sería justo que condujeran a los 
caracteres más fuertes a las cimas en que sólo las almas sublimes 
pueden respirar sin dificultad. Una vez que ha terminado la post- 
comunión el hierofante se vuelve hacia sus hermanos y describe con las 
manos la figura de un triángulo rectángulo, apartándolas, elevándolas 
y juntándolas de manera que los dedos, sobre todo los medii, señalen 
hacia arriba. Ese signo del Dios Único (Jehová místico e inanimado, 
porque la palabra se ha perdido) indica a los verdaderos adoradores o 
epoptas, los grandes secretos de los misterios antiguos. Cuando el 
celebrante hace este signo en asamblea de elección, con la mirada fija 
en el cielo, dice la palabra de los maestros de perfección: El Señor 
(sea) con vosotros. A la que responden los mystes y epoptas: Y con tu 
espíritu. Es conveniente recordar que el número ternario regula los 
dominus vobiscum de la ofrenda de la recolección y que este voto es 
una de las numerosas fórmulas de la antigüedad pagana que se han 
conservado en la religión moderna. Recuerda las eufemias (de eu, bien, 
y phemi, hablar) de Grecia. En sus sacrificios los celebrantes griegos 
decían eufemias, dominus vobiscum, benedicat vos, sursum corda. El 
assit tibo jovis de los antiguos romanos tiene idéntica significación 
que el dominus vobiscum de los modernos. ¡Cuán hermosa es la plegaria 
en que se pide que los politeístas no reconozcan más que un solo Dios! 
¡El Señor sea con vosotros!, lo cual significa en el idioma de los 
misterios menores: “Continúe el Sol otorgándoos la dádiva de su calor 
vital”; y en el de los grandes misterios: “Reconoced al verdadero 
Dios, hacedor de las cosas visibles e invisibles, al Gran Arquitecto 
del Universo que os ha dado la existencia y os la conserva, porque él 
es el único ser todopoderoso en fuerza, sabiduría y bondad. Vosotros, 
que sois átomos de su inmensidad, no hagáis nada que se oponga al 
objeto de sus creaciones. Obreros, elevad templos a la virtud, y cavad 
calabozos para los vicios. Compañeros, estudiad las admirables 
planchas de trazar del Gran Maestro. Maestros, el Señor sea con 
vosotros, y no habrá ninguna palabra perdida. Y con tu espíritu, 
responden los iniciados al hierofante moderno; es decir, puros sean 
tus pensamientos así como tus acciones, oh tú que por nosotros acabas 
de hacer al Gran Arquitecto del Universo la más antigua, casta y 
enternecedora de las ofrendas que puedan ofrendar los hermanos a su 
padre común. Los trabajos del taller fraternal están a punto de 
terminar y, como la última respuesta de los obreros ha satisfecho al 
venerable maestro, éste va a cerrarlos con las ceremonias de 
costumbre, es decir, con la fórmula de los más antiguos misterios, 
traducida en las palabras latinas ite, missa est, tres palabras que en 
otras partes se figuran por medio de tres golpes. Los heraldos romanos 
decían en alta voz cuando terminaban los sacrificios: ex templo 
(sobreentendiéndose la palabra ite), para advertir a quienes asistían 
al oficio religioso que éste había terminado, lo cual recuerda el 
vigilad y no hagáis mal alguno (com om pax); y el vigilad y sed puros 
(Kot omphet), despedidas ésta de los misterios de Isis y aquélla de 
los de Ceres. Apuleyo dice4 que el ite, missa est daba a entender que 
el sacrificio había sido terminado. Según Polidoro Virgilio5, la 
costumbre de que el diácono diga al terminar la misa ite, missa est 
proviene de los misterios de Isis; el diácono representa en este acto 
el mismo papel que los pregoneros o heraldos de los sacrificios 
paganos. Después de la despedida dada por los heraldos, el 
sacrificador bendecía a la asamblea por medio de la ceremonia 
denominada templus o tabernaculum capere, la cual realizaba el 
pontífice pagano dividiendo el cielo en dos líneas, una vertical y 
otra horizontal, con la cruz o bastón augural. Templum quería decir: 
“el espacio del cielo convertido en templo”. Este poder mágico de 
convertir la impureza en pureza por medio de la palabra o el signo 
pasó de los hierofantes antiguos a los modernos. No bastarían cien 
volúmenes de nutridísima lectura para relatar los millones de 
auténticos milagros operados por medio de la bendición. Yo me limitaré 
a citar dos ejemplos: El primero, histórico, es el incendio extinguido 
en Roma por la bendición del papa León IV, prodigio que pasará a la 
posteridad gracias al pincel admirable de Rafael y al lápiz espiritual 
de Nocchi. El segundo ejemplo o, mejor dicho, la prueba de este 
prodigio se da todos los años en un día fijo en la capital del mundo 
cristiano, ante una multitud de fieles e infieles, cuando el santo 
padre capit templum, dice urbi et orbi … Apenas ha bendecido él al 
pueblo y pronunciado estas palabras, la ciudad más disoluta parece una 
ciudad de santos, y el mundo supersticioso, antojadizo, vicioso y 
cruel se transforma en morada del saber que, por sí solo, hará que 
fraternicen las naciones entre sí, sin lagunas de buena fe. Pero 
pasemos a nuestro tema predilecto. Después del ite, missa est, el 
celebrante da la bendición en nombre del Padre, del Hijo y del 
Espíritu Santo, es decir, en nombre del Cnef, de Osiris y de Horo, o 
sea, en nombre del Creador omnipotente, del bienhechor que regenera y 
del consolador que inspira6; o lo que es lo mismo, en nombre del Gran 
Arquitecto del Universo, el cual es para los altos iniciados la 
inteligencia suprema, única y universal, y para los iniciados menores, 
el Dios Único en tres personas, hipóstasis o atributos. Los masones 
tenaces que excavan en tierras vagas y abandonadas toman en serio esta 
bendición por medio de la T egipcia, la cual viene a ser al propio 
tiempo el signo perfecto de la cruz, es decir, del Sol anual, por la 
perpendicular que marca los solsticios superiores e inferiores, y por 
la línea equinoccial que trazan los puntos equinocciales. Como los 
primeros iniciados en los misterios de la religión actual estaban 
rodeados de paganos impostores que conocían muchos procedimientos de 
lucrar a costa de los fieles, adoptaron el antiguo signo de la T (tau) 
para reconocerse entre sí y socorrerse en caso de necesidad, el cual 
se hacía al principio trazando con el pulgar sobre la boca cerrada una 
perpendicular hasta el mentón. Esto recordaba a un mismo tiempo el 
signo de la divinidad conferido a Osiris, Isis y Horo, el emblema que 
anunciaba a Harpocrates y la representación de las cuatro estaciones o 
curso aparente del sol durante el año. San Agustín7 dice que este 
signo manual fue inventado únicamente para que los iniciados modernos 
pudieran distinguirse de los profanos, quienes pertenecían a las 
mismas sociedades, se sentaban a la misma mesa y se acostaban bajo el 
mismo techo que aquéllos. Un sabio-ministro genovés imprimía en 1782 
que “los primeros cristianos inventaron este signo para reconocerse, 
de igual modo que los francmasones han imaginado ciertos signos de sus 
misterios y ceremonias”. Así pues, hermanos míos, estamos a punto de 
llegar a la prueba completa de lo que he anunciado, a saber: que la 
liturgia de la religión moderna y el ritual de la Francmasonería 
tienen un tronco común; que sus raíces, más o menos sanas, se adhieren 
a este árbol de vida y de muerte, del bien y del mal, bajo cuya sombra 
la antigüedad más remota comunicó sus misteriosos pensamientos a 
espíritus capaces de apreciarlos, de sustentarlos y de convertirse en 
misioneros de la civilización entre los bárbaros, y de fraternidad 
entre las naciones cultas. La nueva creencia se ha ilustrado con gran 
número de coronas obtenidas a este precio; pero la Masonería las 
tendrá todas, porque ella a todos llama a que disfruten de los 
derechos y de las alegrías de la fraternidad; a todos los hombres de 
corazón recto, sean cuales fueren sus maneras de honrar al Ser 
Supremo, de practicar la bondad y de ejercer la justicia.

_________________
Pedro P. Dollar:.
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