CUBA Y LA MASONERÍA
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Mensaje por Admin el Jue Mar 24, 2011 10:45 pm

Guarda Santiago entre sus reliquias más preciadas, un “histórico jardín de mármol y granito”: la Necrópolis de Santa Ifigenia. Entre sus póstumas blancuras desanda la historia de una ciudad, de un país, sitio de descanso eterno de los más ilustres santiagueros y del más brillante de todos los cubanos: José Martí.


Las intermitencias de un cementerio Santa-10
Mausoleo a José Martí en el Cementerio Santa Ifigenia


Pero, más allá de la historia que cubre sus granitos y mármoles, del peregrinar de santiagueras y santiagueros hasta sus predios cada Día de las Madres, cada Día de los Padres; del valor arquitectónico y artístico de sus construcciones, el Cementerio de Santa Ifigenia es un recordatorio perenne de varios años de lucha de sus más notables hijos durante el santiago decimonónico (y mucho antes), por cambiar la imagen de una ciudad insalubre y atrasada.

El Santiago de los primeros siglos posterior a su fundación enfrentaba un grave problema de insalubridad e higiene. Como reflejan los estudios de la doctora María Elena Orozco Melgar e incluso, las “Crónicas de Santiago” de Emilio Bacardí; las calles de tierra de la urbe (que se convertían en extensos lodazales en tiempos de lluvia) eran un muestrario diario de dicha insalubridad: en los frentes de las casas se dejaban restos de carnes, pescados y otros, en estado de putrefacción, los mercados abarrotados de productos cuyos restos apenas eran recogidos; animales muertos en las esquinas, o que desandaban con restos de cadáveres entre sus fauces. En esa época, Santiago sufría a menudo de epidemias de cólera morbo, según se recogen en las Crónicas de Bacardí, pero pocos parecían percatarse que esto se debía en gran medida, las condiciones higiénicas sanitarias de la ciudad.

Es lógico entonces que, impulsados por las llamadas Instrucciones de Sabatini, aprobadas en España el 14 de mayo de 1761, y en las cuales se promovieron medidas para el mejoramiento sanitario de las ciudades; los más ilustrados santiagueros de la época, reunidos en torno a la Real Sociedad Económica de los Amigos del País (fundada en el año 1783 como la primera de Cuba y América), analizaran como uno de los primeros aspectos de su primer encuentro, sobre el modo de fomentar una cultura sanitaria entre los pobladores de la urbe santiaguera. Así, se comenzó a trabajar en una serie de obra que contribuyeran a crear una imagen más saludable de la ciudad. Bajo el gobierno de Juan Bautista Vaillant y sus sucesores se empedraron las calles de la ciudad, se trabajó en la ornamentación de plazas, en la reconstrucción de obras civiles y domésticas (por ejemplo se promovió el uso de colores diferentes al blanco para pintar las fachadas de las viviendas), se saneó la plaza de mercado, se comenzó la ejecución del primer paseo o alameda con que contó la localidad, entre otras obras.

Una de las costumbres que contribuían a la insalubridad y contaminación de la ciudad en esa época, era la de enterrar a los muertos en los patios y áreas aledañas a las iglesias; en Santiago de Cuba, los enterramientos se hacían en dos iglesias fundamentales: la Catedral, y la parroquia auxiliar de Santo Tomás. De ahí que, al darse a conocer la promulgación de la Real Cédula del 27 de marzo de 1789 (bajo la firma de Carlos III de España), con el objetivo de que “las autoridades militares y civiles de las Indias informaran sobre la conveniencia del establecimiento de los cementerios en las afueras de las poblaciones”, el gobernador Vaillant respondiera (según cita María Elena Orozco Melgar):


Las intermitencias de un cementerio Catedr16
La catedral decimonónica santiaguera era uno de los sitios de enterramientos en la ciudad

“No hay dudas, Sr. en que el nuevo establecimiento es por todos motivos útil y provechoso a la salud pública al mejor aseo del santuario y circunspección de los divinos oficios, libres de la interrupción asquerosa, que causa el abrirse una Sepultura a cada paso…”

De inmediato, la construcción de un cementerio en las afueras de la ciudad, se convirtió en el centro de interés de los más adelantados santiagueros de la época quienes crearon, bajo encargo del gobernador, una comisión para hallar el mejor sitio para su ubicación. Para 1790, dicha comisión ya contaba con el “plano de un camposanto para entierros y depósitos de difuntos”. Sin embargo, desde el primer momento enfrentaron la resistencia “hermética y sigilosa”, y nada despreciable, de Joaquín de Osés y Alzúa, primer arzobispo de Cuba, quien no sólo se opuso a la construcción de la necrópolis, sino que logró inclinar la opinión de la Comisión del Cabildo, y la del propio gobernador, a extender el los enterramientos a los templos de Trinidad y Santa Lucía, bajo el argumento de que, aún cuando no se encontraban fuera de la ciudad, sí en los extremos de ella. Y es que el entierro en los terrenos aledaños a las construcciones religiosas, suponían un fabuloso negocio para el obispo y el cabildo eclesiástico, al cual no estaban dispuestos a renunciar.

Esta posición de Osés, lo hizo mantener un enfrentamiento abierto con el gobernador Sebastián Kindelán, e incluso, con el propio obispo Espada, quien por el contrario, fue un gran opositor a los entierros en las iglesias, y contribuyó personalmente a la construcción del Cementerio General de La Habana.

Un espaldarazo a los intereses de quienes defendían la idea de un cementerio “extramuros”, fue la Real Orden del 15 de mayo de 1804, mediante la cual la Corona especificaba las particularidades que debían reunir los centros poblacionales en que se construyeran los cementerios fuera del ámbito citadino. Dicha Orden planteaba que para la construcción del cementerio debía tenerse en cuenta los siguientes aspectos:

1. Lugar donde hubiese epidemias
2. Ciudades populosas
3. Parroquias de mayor feligresía
4. Que las iglesias sufragaran los gastos

Pero esta Orden no cambió el panorama de la ciudad de Santiago. Joaquín de Osés se mantuvo en sus trece, valiéndose de diversos argumentos que incluían los que hablaban sobre las especificidades sísmicas, climáticas y morfológicas de la ciudad. Para la fecha continuó con la práctica de los enterramientos en las iglesias, y llegó a extenderla a la de Nuestra Señora de los Dolores y la de la Santísima Trinidad.

Sin embargo, el decreto aprobado por las Cortes españolas el 6 de noviembre de 1813, con vistas a la formación de los cementerios fuera de los poblados que aún no hubiesen cumplido con este requisito, sonó a ultimátum, por lo que el arzobispo se vio conminado a aprobar la construcción del cementerio.

Pero ahí no acabaron las dificultades. Problemas con el presupuesto para la obra, y la selección del lugar idóneo para su ubicación, retrasaron la creación del cementerio; mientras que los enterramientos se habían ido extendiendo a todas las iglesias y capillas de la ciudad.

Finalmente, en el mes de julio de 1822, la comisión nombrada por el Cabildo santiaguero para la seleccionar la ubicación del camposanto, se decidió por los terrenos contiguos a la iglesia de Santa Ana, justo en el área donde hoy se ubica el Hospital Materno Sur, la antigua Escuela Normal para Maestros, y el Arzobispado de la ciudad. Entre las ventajas que la Comisión encontró en este sitio se mencionaba que: “era una zona elevada y bastante alejada del centro del centro de la ciudad, donde los vientos de norte no corrían (…) el terreno era sólido, donde se podía perfectamente hacer excavaciones”.


Las intermitencias de un cementerio Anna10
En esta zona radicó el Cementerio de Santa Ana


En definitiva, los trabajos sobre el terreno comenzaron en 1823, dándose por culminada la obra el 13 de diciembre de 1823; aunque los atrasos siguieron, y sólo para octubre de 1824 se recibió el cementerio y se tomaron las medidas para comenzar los enterramientos en él.

El bautizo de las tierras del camposanto se llevó a cabo el 5 de agosto de 1827, bajo la mirada atenta de las principales autoridades, funcionarios y notables santiagueros, encabezados todos por Dr don Mariano Rodríguez de Olmedo y Valle, arzobispo metropolitano, quien años más tarde, el 24 de enero de 1831, recibiría sepultura en esas propias tierras. El primer sepelio se celebró el 7 de agosto de 1827, fecha en que oficialmente queda abierto el cementerio y en la cual fueron abolidos los enterramientos en las iglesias.

Sobre el funcionamiento de la necrópolis santiaguera

Según detalla la historiadora María Elena Orozco Melgar, el cementerio de Santa Ana era muy similar al del plano de 1790. En su interior se dispusieron tres tramos de preferencia para los enterramientos, atendiendo a las jerarquías de la sociedad santiaguera de la época, dando preferencias a gobernadores, prelados, dignidades eclesiásticas y civiles, cleros, nobles, etc.

Estas diferencias sepulcrales también se observaban en los precios de las sepulturas, los cuales variaban desde 100 pesos y ocho por enterramientos, hasta los más baratos de un peso, cobrado a los adultos y párvulos esclavos.

Sin embargo, muy pronto la necrópolis santiaguera se vio en una situación similar a la enfrentada por los cementerios parroquiales; el intenso crecimiento poblacional y su expansión hacia zonas aledañas al cementerio, incrementaron las sucesivas epidemias de cólera morbo, haciendo evidente la necesidad de una nueva ubicación para la necrópolis.

En 1834, se comenzó a valorar la construcción de otro cementerio cerca del Camino Real de la Isla. Para el año 1858, se compraron los terrenos de Don Buenaventura, para la construcción del nuevo cementerio Santa Ifigenia, los mismos donde permanece en la actualidad. En 1867, la Junta Provincial de sanidad, solicitó al gobernador oriental, la clausura del Cementerio de Santa Ana.

Fuentes

1. El nacimiento de la higiene urbana en Santiago de Cuba y “el exilio de los muertos. María Elena Orozco Melgar. Del Caribe, nro 23/94. pp:19-29
2. Crónicas de Santiago.Tomo II. Emilio Bacardí Moreau


Tomado del blog
http://santiagoenmi.wordpress.com/.


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